Lo cierto es que la ficción tiene unos límites, por lo que se refiere a la libertad de expresión, mucho más amplios que el documental, por ejemplo, que en principio debe mostrarse fidedigno a la realidad de lo sucedido. En la ficción, se cambian narrativas, nombres, personajes, situaciones, localizaciones, precisamente para apartarse de la realidad de los hechos, al amparo de la libertad creativa y de expresión. Si atendiésemos a los motivos y peticiones de los prohibicionistas, jamás se habría estrenado, en la propia Netflix, la serie The Crown, ficción sobre la monarquía británica.
En cuanto al documental del director Albert Serra, intentaron prohibir su estreno incluso aquellos que no lo habían visto. A uno puede no gustarle la tauromaquia, puede incluso repugnarle y estar totalmente a favor de que se prohíban las corridas de toros, pero precisamente por ello, quizás tenga interés en ver retratado cinematográficamente ese mundo. En el caso de los que ya han visto Tardes de soledad, se habla de reacciones absolutamente contradictorias, de horror ante la crueldad de lo retratado o de admiración ante lo que algunos califican de arte del toreo. Ya de por sí, lo antedicho habla bastante bien del documental, y nos reafirma en que una cosa es la obra cinematográfica y otra bien distinta el punto de vista, la ideología y la opinión.
Lo que pretende el autor de esta humilde reflexión es dejar de aburrirse mortalmente viendo películas y series hechas bajo el prisma de lo políticamente correcto. En cambio, espera que le traten a uno como a un adulto, que sabe distinguir entre realidad y ficción, entre arte y política, y poder volver a disfrutar de propuestas arriesgadas, innovadoras, que molesten, motiven, entretengan y diviertan, incluso que nos hagan reflexionar mostrando algo que no nos gusta.